Ser colombiano: o cómo reirse mientras todo tiembla

Hay países que se definen por su organización. Por sus trenes puntuales, su silencio en los ascensores y sus trámites que funcionan. Colombia en cambio se define por el arte de ser colombiano. Aquí el sistema es otro: el del “algo se inventa”, el del “ahí vamos”, el del “Dios proveerá”. Y, de alguna manera, funciona.

Las pequeñas costumbres que explican qué es ser colombiano

Madrugar es una religión. Es el ADN de ser colombiano. La gente se levanta antes del sol solo para comentar que ya está despierta. No importa si no hay nada urgente que hacer: el orgullo está en haber ganado la batalla al sueño. Dormir hasta tarde se considera un defecto de carácter, casi un pecado, porque “al que madruga, Dios lo ayuda”.

El tiempo, en cambio, es una sugerencia. “Ya casi” puede durar tres minutos o tres días, y “voy saliendo” a veces significa “aún no me he bañado”. Pero nadie se estresa. El país tiene un talento natural para negociar con el reloj: la impuntualidad no se disculpa, se comparte.

Y nos gusta hablar. Mucho. En la fila, en el taxi, en la consulta médica. Un colombiano puede empezar una conversación con cualquiera y terminar sabiendo su árbol genealógico. El silencio nos incomoda: si hay un espacio libre, lo rellenamos con una historia, una receta o una opinión no solicitada.

El café, por supuesto, es nuestra herramienta diplomática. Un colombiano ofrece un tinto por instinto, como quien extiende una bandera blanca. No es hospitalidad: es estrategia de supervivencia social. Con una taza se negocia, se consuela y se disimula la impaciencia.

Y lo más desconcertante: somos felices. No porque todo funcione, sino precisamente porque muchas cosas no lo hacen. Es una felicidad desafiante, casi deportiva; una costumbre colectiva que nadie entiende, pero todos practican. Nos reímos de lo que no se arregla, celebramos lo que apenas empieza y seguimos creyendo que el próximo lunes sí será distinto.

En Etnika creemos que ahí está la verdadera obra maestra: un país que, contra toda lógica, sigue creando, riendo y saludando con un “¿cómo estás?” que de verdad espera respuesta.
Hecho a mano, como todo lo que aquí vale la pena.

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